Una pequeña vida / Por Matías Suárez

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Bitácora del capitán. Octubre 29, 2026.

¿Será acaso solo una individual forma de vivir? ¿O solo nos falta poner atención a lo que nos quiere enseñar la vida?

Hace algunos años tuve que decidir cambiar de residencia; así me di la oportunidad de dejar las mismas paredes y de probar nuevos lugares, y entre tanto cambio digamos que aprendí a viajar ligero. Así llegué al lugar en el que hoy habito: relativamente lejos de la ciudad y relativamente dentro de un pueblo o comisaría, como se le denomina por acá, dentro del sureste mexicano, donde la cultura, la fauna, el clima y muchas cosas más parecen ser un formidable e increíblemente constante aprendizaje.

A diferencia de otras ocasiones, este lugar lo renté sin poderle ver más que en fotos y confiando en la persona que me ayudó a cerrar el trato. El tiempo era poco y, por diferentes circunstancias, el plazo se iba reduciendo, así que tomé el riesgo para no dejar pasar la oportunidad. Al final, un cambio más, si fuese necesario, perfectamente cabe en el proceso de vida que llevo.

Una vez más: una nueva casa, una nueva ciudad y una mezcla de cosas y situaciones medio conocidas, afrontándolas de una nueva manera.

En específico, ese lugar cuenta con un pequeño patio, de no más de 4 x 2 metros, y dentro de esas medidas un espacio sin concreto que, al parecer, en su momento se quiso adornar con piedra blanca para generar un contraste con la fértil tierra negra. Pronto me di cuenta de que ese espacio no se cubrió de concreto, ya que sirve como receptor de las aguas fluviales del techo; sin duda, un espacio vital para evitar convertir el área de sala, comedor y cocina en una alberca.

Las piedras blancas en mención, en su gran mayoría, ya se habían hundido por las fuertes lluvias, además de que la magia de la naturaleza hace de las suyas por estos rumbos. Como por arte de magia, una semana limpias la hierba y la próxima se encuentra igual o peor; y qué decir si llueve: el acto mágico se realiza en cámara rápida.

Buscando la manera de no convertirme en el desmalezador oficial cada fin de semana, decidí arreglar ese espacio y que fuese agradable a la vista usando lo que ya estaba en el lugar. Tan solo sumé una malla antihierba para la cual, al instalarla, tuve que quitar todas las piedras ornamentales enterradas, lavarlas y posteriormente ponerlas sobre la malla, la cual no permite pasar el sol, y así el truco del crecimiento casi espontáneo de la maleza no se dé.

Si bien el crecimiento de esta hierba disminuyó sustancialmente, la imponente fuerza de la naturaleza logra abrirse paso y dejaba pequeñas plantitas que no eran difíciles ni engorrosas de limpiar, hasta que un día, al abrir las cortinas, me percaté de que un inquilino o inquilina llegó sin avisar: una iguana que, estoy seguro, era muy joven, ya que no tenía las proporciones de aquellas que se dejan ver en zonas arqueológicas, casi pequeños dinosaurios escala 1:64. Si bien no era tan grande, distaba mucho del tamaño de una lagartija común; yo creo que medía unos 35 cm con todo y la cola.

Al principio solía correr a esconderse al verme, pero con el paso del tiempo parecía que se iba acostumbrando. Muy interesante fue ver que reconocía los sonidos que hacía al acercarme al ventanal para poderla saludar y saber que todavía estaba ahí; tan solo movía su cabeza hacia mí, como buscando confirmar que era alguien conocido, o tal vez ese era el cuento que quería contarme, ya que a lo mejor solo estaba tratando de entender si se encontraba en peligro para poder correr a esconderse.

El tiempo pasó y una nueva iguana llegó, un o una inquilina más, esta más pequeña; y después, sobre la barda, se dejaba ver una tercera que se quedaba unos minutos, como buscando entender qué pasaba allá abajo.

En mí se empezó a despertar la duda sobre si se habían caído al patio y no podían salir, o si realmente querían establecerse ahí. Independientemente de cuál fuera su realidad, también pensaba que la casa no era mía y, si bien yo estaba feliz con esos pequeños habitantes, consciente estaba de que no todos lo ven así. Un futuro con un final parcialmente asegurado.

Tal vez lo más fácil hubiera sido buscar la manera de atraparlas e incorporarlas a un lugar adecuado, pero decidí esperar un poco a que la misma naturaleza me diera una respuesta. Las lluvias llegaron y, en uno de los espacios que no alcanzó a cubrir la malla antihierba, empezaron a crecer dos tipo ramitas las cuales, en una semana, alcanzaron el metro de alto, y en donde la más pequeña empezaba a escalar.

Así, decidí dejar crecer esas ramas; si lograban crecer lo suficientemente alto y fuerte para sostener a las iguanas, y estas lo veían como su manera de poder escapar, la respuesta quedaba en ellas y yo solo sería un observador de cómo actúa la naturaleza.
Es seguro que se puede pensar que ese proceso duraría años, pero quien vive en zona tropical sabe que eso se da mucho más rápido de lo que puedes imaginar.

En poco tiempo las ramas eran fuertes y altas, y ambas iguanas solían treparlas para tomar el sol, hasta que un día las que fueron ramas se hicieron pequeños arbolitos que sobrepasaron la altura de las bardas y las iguanas dejaron de verse por el patio.

Dejé pasar el tiempo, esos arbolitos llegaron a medir más de 6 metros de altura y las inquilinas no regresaron: la respuesta se había dado.
Si bien esos pequeños arbolitos o maleza gigante me gustaban y me recordaban lo bien que me sentía viendo a esas pequeñas criaturas, se tenían que ir.

Solo quedaba hacer lo que al inicio: volver a arreglar ese pequeño espacio para que fuese agradable a la vista y que continuara su función de recolector fluvial.

Ahora veo el patio y veo parte del proceso de la vida.

La vida te pone en algún lugar, haces lo mejor para estar bien, algo o alguien llega o bien ya estaba ahí, convives, tratas de darte a entender y de entender lo que pasa; en algunas ocasiones te preocupas, en otras lo disfrutas, te cuestionas «¿cuánto durará?». Y al final, la vida decide; y tú, si decides… aprendes, y también si decides… lo sufres. Al final, los procesos de la vida son así.

Un pequeño patio me enseñó que no somos eternos, que debemos disfrutar el momento, la compañía —por más extraña que sea— y aceptar que al final, cuando todo parece haberse acabado, tú sigues ahí y tan solo se trata de volver a arreglar el patio para que cumpla su función.

Cierre de la bitácora del capitán. Octubre 29, 2026.

El cargo Una pequeña vida / Por Matías Suárez apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.

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